Para comprender el sueño infantil, debemos abandonar la idea de que dormir es un mero acto mecánico o una conducta que se puede "adiestrar". Desde el paradigma ecobiopsicosocial, el sueño de un niño o niña es el resultado complejo e inseparable de la interacción entre su biología (genética, maduración neurológica), su psicología (emociones, vínculo de apego, temperamento) y su entorno social y cultural (familia, estilo de crianza, arquitectura del hogar).
Desde una perspectiva antropológica, los seres humanos somos primates altriciales; esto significa que nacemos en un estado de inmadurez neurológica muy elevado y dependemos absolutamente de la tribu y de nuestros cuidadores primarios para sobrevivir. Antropológicamente, el sueño en solitario en una habitación separada es una práctica cultural reciente y occidental que contradice la filogenia humana. En palabras del antropólogo James McKenna, los bebés humanos están biológicamente diseñados para dormir en estrecha proximidad física y emocional con sus figuras de referencia. Las diferentes culturas del mundo acompañan el sueño de maneras diversas, pero la constante evolutiva es la cercanía nocturna para garantizar la regulación fisiológica, la lactancia y la protección frente a depredadores ancestrales (McKenna, 2020).